por Michael McIntosh

Cuando era joven tenía un gran deseo de conseguir una arma modelo Matador de Aguirre y Aranzabal. Se trata de una preciosa pieza, tal vez no tan elegante como las escopetas de pletina entera londinenses, pero estaba bien hecha y bien acabada y sobre todo se trataba de una escopeta paralela, una tipo de arma que me fascinó más allá de lo descriptible con palabras.
Finalmente conseguí una en propiedad y me gustó inmensamente. Pero eso fue en los días en los que yo estaba decidido a poseer al menos un ejemplar de cada arma jamás hecha, disponiendo de un ajustado presupuesto que exigía el frecuente intercambio de material , por lo que finalmente la idea de esto se disipó. Aun así, la memoria de una buena arma Española se mantuvo.
A comienzos de los años 90, después de que Terry Wieland nos dejara claro lo buenas que eran realmente las armas españolas, encargué a Aguirre y Aranzabal construir un arma a medida, una modelo nº 2 de pletina entera, expulsora fabricadas en las dimensiones de un arma Inglesa que tenía en ese momento . Mi razonamiento en ese momento fue que la escopeta AYA serviría como el arma a usar en mis viajes, sustituyendo a mi preciada escopeta inglesa, que en ningún modo podía permitirme el lujo de sustituirla. Ahora, casi veinte años después, no hay muchas armas fabricadas en Londres que podrían ofrecerme para intercambiarla , incluso eso no bastaría para caer en la tentación de separarme de mi AYA n º 2.
Me ha acompañado en al menos 14 viajes a Europa, cinco o seis a Suramérica, viajó conmigo desde Alaska a Méjico, y de Minesota a los pinares del Sur, y ha disparado unos 80,000 cartuchos. Todo con un solo fallo: Un muelle se rompió mientras cazaba palomas en Argentina. Una muelle puede romperse en cualquier arma de fuego. Encargué uno nuevo, junto con un conjunto de piezas de repuesto, por si acaso. Ahora no tengo ni idea donde están los recambios, porque no veo ninguna necesidad de los vaya a necesitar.
Lo qué veo y siento cada vez que cojo mi AYA es que es el arma más fiable, y familiar que he tenido. La reconocería con los ojos vendados o en la oscuridad. Se trata de una extensión de mis manos y mi voluntad de disparar, sin mencionar ese dulce viejo anhelo de poseer un AYA, que al final ha resultado ser uno de las pocas jóvenes deseos que verdaderamente han resistido la prueba del tiempo.
